Una mirada al monasterio abandonado

rioseco

Conocidas por pocos y olvidadas por muchos, las ruinas del antiquísimo Monasterio de Sta. María de Rioseco se yerguen hoy sobre el burgalés Valle de Manzanedo. Lejos quedan los tiempos en que los primeros “monjes blancos” del Císter (llamados así por sus características vestiduras) fundaron este lugar a mediados del siglo XIII, concretamente en 1236.

Nuestro país está lleno de lugares maravillosos, singulares, e incomparables. Por mera casualidad tuve la gran suerte de descubrir un día este lugar único, tan cerca de mi ciudad pero a la vez tan recóndito, que muchos aún desconocen. Pocos sitios (en ruinas) como el antiguo Monasterio de Rioseco, fueron capaces de perdurar hasta nuestros días sin perder un ápice de su encanto. Y es precisamente esa magia, ese encanto romántico (entiéndase por romántico, relativo al movimiento del Romanticismo del siglo XIX), el que inspiró a multitud de artistas y escritores decimonónicos como Lord Byron y (qué duda cabe) Bécquer… ¿Pudo él haber visitado las ruinas alguna vez?

Este monasterio, avanzado y de gran relevancia en su época, fue admirado y protegido por monarcas castellanos, que vieron en él una forma de pacificar y controlar sus posesiones. Por otra parte, el expolio, el saqueo y el robo fueron autores de su decadencia en los siglos posteriores. Larga es su historia y augustas e imponentes sus monumentales ruinas, que atraen al visitante desde el momento de su llegada. Como si de una máquina del tiempo se tratara, parece que éste se detiene a medida que el visitante contempla sus vetustos arcos y bóvedas, sus columnas, escaleras y contrafuertes, su coro, sus diferentes estancias y sus pórticos, testigos del paso de ocho centurias, y escenario de leyendas e historias inmemoriales. Hagamos un pequeño repaso por su historia…

ruinasTras la llegada de la Orden Cisterciense a Castilla, fueron varias las sedes en las que se establecieron los monjes antes de su llegada al Valle de Manzanedo. En 1135 se funda el primitivo monasterio de Quintanajuar, abandonado más tarde por orden del rey Alfonso VIII, que deseaba pacificar la frontera castellana con Navarra por medio de una nueva abadía en la zona, por lo cual en 1184 se trasladan a La Rioja. Aprovechando un momento de bonanza económica para la congregación, la Orden adquiere terrenos y posesiones en Manzanedo y áreas colindantes, motivo por el que, sin previo aviso a la dirección de la Orden, en 1204 los monjes deciden establecer su nueva morada junto a un arroyo cercano a la actual ubicación, en otra finca, con el consiguiente desagrado del rey y del líder de la Orden en Castilla, lo que supuso la destitución del abad. Finalmente el antiguo cenobio fue destruido por una inundación y en 1236 los monjes del Císter fundan el Monasterio de Rioseco, situado en su actual emplazamiento.

Tras su establecimiento en Rioseco, la comunidad Cisterciense pronto comenzó a estratificarse y jerarquizarse modélicamente, siendo esta notablemente avanzada e importante en toda Castilla. En la abadía llegaron a convivir en su momento de mayor esplendor unas 100 personas, entre monjes oradores (letrados y dotados de ciertos privilegios) y legos o conversos (que normalmente no sabían ni leer ni escribir), así como novicios y trabajadores. El recinto original se dividía en celdas y estancias para los monjes, y separadas de estas la hospedería (donde se alojaban los peregrinos) y la botica, donde se cuidaba de los enfermos del pueblo o del propio monasterio. Asimismo los monjes se ocupaban de los indigentes que acudían al monasterio en busca de limosna, comida o ropa, ejerciendo de núcleo social y religioso de la comarca. Destacó además su plan agricultor y ganadero, modélico y pionero en la región, que aprovechando la calidad de esas tierras y sus fincas, implantó los primeros cultivos de trigo, viñedos, lino y árboles frutales, motores de la economía del valle durante muchas décadas. La arquitectura característica de la Congregación Cisterciense destaca por la sobriedad en la decoración, aunque con la llegada de la etapa renacentista, el Monasterio experimentó grandes modificaciones y obras. En el siglo XVII, el antiguo claustro, de menor envergadura y estética que el posterior, fue derribado para construir uno nuevo. El actual, del cual sobreviven algunas partes, destaca por las dos plantas de arcos y por su magnificencia.

claustroCon la llegada del siglo XIX, la Guerra de Independencia trajo consigo el principio del fin para el monasterio, cerrando su periodo de esplendor y utilidad, y abriendo así una decadente etapa que culminó con su clausura. Tras la llegada de las tropas francesas, el ejército napoleónico saqueó y robó las reservas de grano del complejo monástico, así como la mayoría de bienes y patrimonio de valor, obligando a exclaustrarse a los miembros de la comunidad desde 1809 hasta 1814, cuando con la vuelta del rey Fernando, pudieron regresar nuevamente. Ya con una comunidad reducida y poco productiva, tras la desamortización de Mendizábal en 1835 (que permitía la expropiación y venta de bienes monásticos), el monasterio fue abandonado por completo y, tras ser subastado y vendido continuamente durante algunas décadas, el complejo fue dejándose hasta adquirir su estado actual de ruina, para el último cuarto del siglo XIX. Durante el siglo XX el total abandono, el olvido, y su posición entre bosques en pleno valle, permitió que la vegetación y la humedad cubriesen sus muros, arcos, columnas, criptas y salas, debilitando la estructura y reduciendo la mayor parte a ruinas. Ciertas partes continuaron siendo utilizadas para oficiar algunas bodas y ceremonias religiosas desde su clausura hasta mediados del siglo XX, pero desde los años 60 el recinto no presenta ningún tipo de actividad.

En los siguientes lustros el vandalismo y el paso del tiempo propiciaron que el Monasterio quedara abandonado y en ruinas, hasta nuestros días. Desde hace algunos años un grupo de personas interesadas en el mantenimiento del recinto monástico, se reunió para comenzar un proyecto de saneamiento y manutención que pretendía salvar las ruinas del Monasterio del olvido y el importante expolio al que fue sometido. Cabe destacar la enorme y admirable labor del equipo de “Salvemos Rioseco”, que desde el año 2010 trabaja involucrándose activamente en las obras para rescatar el Monasterio, a través de la colaboración de distintos grupos de personas que cada verano (por ejemplo) llegan al lugar en campamentos semanales para ayudar y realizar diversas tareas, como: la consolidación de muros, rescate del patrimonio monástico, visitas guiadas gratuitas para visitantes…etc.

El monasterio posee un componente esencial, su monumental arquitectura, que transporta al visitante y hace de las ruinas un lugar muy especial que incita a volver en otra ocasión.

iglesiaUna vez llegamos al cruce que divide la N-232, (donde podemos tomar la CL-629 a Villarcayo a mano izquierda, o la carretera dirección Manzanedo), se debe seguir la segunda en dirección al municipio que da nombre al valle, atravesando los pueblos de Incinillas y Rioseco. A mano derecha una vez pasada esta última localidad encontraremos la pequeña calzada que sube el repecho hasta el lugar donde se sitúa el Monasterio. Una vez contemplamos las primeras imponentes torres en ruinas del recinto, nos encontramos con la entrada principal al templo, que da paso a una sala bastante bien conservada donde se sitúa la sede de la comunidad que trabaja para el mantenimiento del complejo. Un pórtico da acceso a la iglesia, una gran nave central que impresiona por la singularidad y el romanticismo de sus grandes bóvedas, arcos, columnas y capiteles, cubiertos por los efectos de la humedad, de un verdín que otorga un característico tono al conjunto de las ruinas. El coro para los legos (monjes iletrados que convivían dentro de la comunidad), el balcón para el órgano, el altar mayor, la notable robustez de la sillería de los muros, la cripta bajo la capilla en el lateral izquierdo y el pórtico expoliado de la sacristía, configuran el grandioso conjunto del templo religioso, centro neurálgico de la vida en el monasterio. El claustro, cuyos arcos perduran hasta nuestros días, conforma seguramente la parte más destacable del Monasterio de Rioseco, debido a su belleza y envergadura. Resulta muy interesante y atractiva la escalera de caracol que asciende hasta una de las celdas de los monjes, así como los restos de la hospedería, los hornos y los sistemas de canalización tan bien conservados, y las vistas privilegiadas del entorno.

Bien merece la pena el viaje hasta el Monasterio, un lugar desconocido, pero atractivo, mágico e intrigante… Una verdadera joya cuyas ruinas han llegado hasta nuestros días, suscitando mitos y leyendas. Un monumento incomparable, único, testigo de ocho siglos de historia, un impactante edificio, guardián del Valle de Manzanedo, que aún hoy se yergue altivo sobre el río… Esperando la visita de nuevos viajeros y de nuevos tiempos…

Sobre Miguel Ángel García Saro