Una red de túneles bajo la ciudad

Recién entrado este año de 2017, se cumplen 8 décadas de la construcción –en tiempos de la Guerra Civil- de la mayoría de refugios antiaéreos ocultos bajo la superficie de la capital montañesa. Las tapias de hormigón que a menudo cubren sus entradas en muros y fachadas, suelen pasar desapercibidas y suscitan a la vez la curiosidad de niños y mayores. Los últimos vestigios de estos refugios, testigos del paso de la Guerra Civil por Santander, continúan hoy en día ajenos al paso de los años. Después de la apertura al público del situado bajo la Plaza del Príncipe el pasado año, el servicio topográfico municipal confirmó la aparición de una red de túneles bajo la Cuesta de las Cadenas, en pleno centro de la ciudad. Este refugio, conservado intacto pese al transcurso del tiempo, era uno más de los 114 que conformaban la red de refugios antiaéreos construidos durante el año 1937. Sin embargo la práctica totalidad de estos espacios descansa hoy ajena al tumulto de las calles, a varios metros bajo el suelo e ignorados por la mayoría de ciudadanos que, a diario, transitan por las vías del centro de la ciudad.

27 de diciembre de 1936. Ante el asombro de los habitantes de la villa santanderina, los aviones de la Luftwaffe alemana, pertenecientes a la Legión Condor enviada por Hitler a la Guerra Civil Española, fueron avistados en las proximidades de la costa cantábrica. Una veintena de aeronaves de combate y bombarderos iniciaron poco después el primero de los 34 bombardeos que asolaron Santander a lo largo de la contienda. Tras una intensa precipitación de bombas y ráfagas de ametralladora, las pasadas de la fuerza aérea germana cesaron causando al menos 34 víctimas civiles, que en ausencia de refugios y muchas de las cuales sin haber visto jamás un avión, cayeron en poco tiempo. Sin embargo, no fueron solamente 34 las víctimas caídas ese día en la ciudad, puesto que en respuesta a lo ocurrido durante el bombardeo, un grupo de milicianos tomó las armas y asaltó el buque prisión Alfonso Pérez, atracado en los muelles del puerto, con el fin de matar a los reos acusados de simpatizar con el bando sublevado que en él se encontraban. 160 Prisioneros fueron pasados por las armas durante el asalto al buque, en un fatídico día para la ciudad que dejó alrededor de 200 muertos.

Ante la proximidad de la contienda que se había iniciado tras el golpe del General Franco el 18 de julio de 1936, tanto el ejército sublevado como sus aliados italianos y alemanes iniciaron una avanzada desde el sur y a través de los cielos del cantábrico para hacerse con la franja norte peninsular, fieles al gobierno de la República. Tras los primeros bombardeos que tuvieron lugar a partir de finales de diciembre del 36, el gobernador civil instó a los santanderinos a colaborar en las tareas de construcción de los refugios antiaéreos que protegerían desde entonces a la población en caso de ataque.

La práctica totalidad de los refugios construidos podían albergar varios centenares de personas. Contaban con sirenas de alarma y alumbrado eléctrico. Todas las cámaras presentaban placas con las instrucciones y recomendaciones dadas por las autoridades en caso de bombardeo. La respuesta de los ciudadanos no se hizo esperar, y en pocas semanas habían sido planificados y construidos los 114 refugios de los que se tiene constancia.

Estos espacios, formados en su mayoría por largas galerías de túneles de reducida amplitud y una altura cercana a los 2 metros, se edificaron con materiales sencillos como el hormigón, en poco tiempo, aprovechando pendientes y muros o fachadas para evitar excavaciones que retrasaran la apertura. Destaca en ellos la presencia de numerosas columnas a lo largo de los angostos pasillos, cuyo techo poseía bóvedas de cañón para desviar con mayor eficacia las vibraciones e impactos de las bombas del hormigón hacia los pilares, aportando así una mayor seguridad y capacidad de resistencia a la estructura en caso de ataque. Cabe destacar que un proyectil moderno lanzado desde un avión de combate causaría tal cráter que gran parte de estos túneles se hundirían y no podrían servir para proteger a la población civil, con lo cual es de admirar la calidad y solidez de estas construcciones, que resistieron bombas, derrumbes, incendios, obras e inundaciones…

Algunos de los refugios que se construyeron al comienzo de los bombardeos, más próximos a la superficie y por tanto más expuestos a los efectos de las bombas, tuvieron que ser reforzados con estructuras exteriores y sacos de arena, los cuales resultaron seriamente dañados tras el conflicto y el posterior incendio de 1941. Por otra parte, aquellos construidos en muros, fachadas y pendientes soportaron los achaques de la guerra y el paso de los años, y se han mantenido intactos hasta nuestros días, ajenos a la vida de la superficie, a pocos metros bajo tierra. Poco después del término de la Guerra Civil se ordenó tapiar los accesos por lo que muchos han sobrevivido al paso del tiempo y a factores como la humedad, tan característica de esta tierra. Aún hoy es posible ver vestigios de esta singular red de galerías en las entradas tapiadas de muros y edificios de la ciudad –Avenida de la Reina Victoria, Vía Cornelia, C/Bonifaz, Finca de los PP. Escolapios, C/Perines… – .

Sin embargo, y tal y como ocurre con tantos otros monumentos urbanos, los refugios antiaéreos de Santander siguen permaneciendo aislados del “mundo de la superficie”. De los 114 refugios, solo unos pocos han sido explorados y apenas uno recibe visitas en la actualidad. Pero el vandalismo, los cambios de la ciudad, la indiferencia por el cuidado de estos espacios y, en definitiva, el abandono han causado que caigan en el olvido. Tales magníficas estructuras prevalecerán seguramente durante muchas décadas más, e incluso podrían ser rehabilitados y -quien sabe- ser destinados a otros usos para el disfrute de los ciudadanos en el futuro. Aun así continúan escondidos… Lejos del “mundanal” ruido… Aunque probablemente solo así puedan mantenerse intactos, lejos del rumor y el tumulto de la ciudad…

Sobre Miguel Ángel García Saro